Es genial: mi blog tiene la virtud de atraer a lo peor de la sociedad. Gracias por colapsarme el blog a comentarios. Tras reiteradas visitas al baño me he quedado seco, sin cosecha. ¡Os amo, chusma!
En fin, hoy hablaremos (nótese el plural: es un síntoma del narcisismo extremo que me devora) de Spartacus. Los puristas dirán que es una serie y que, como serie, no tiene cabida en este blog de CINE. Yo a esos últimos les digo:
- Es bonito resquebrajar la rutina como el himen de una niña de doce años de hoy en día.
(Desde aquí puedo oír el prepucio de los serieadictos bombeando salvajemente sangre a 7 hectómetros por segundo)
A lo que íbamos:
Spartacus, de Steven S. DeKnight, habla de, claro, Espartaco, aquel gladiador tracio que desafió a Roma. ¡Pero no os engañéis, oh, vil pueblo analfabeto! Porque esta serie no es como la película de Stanley Kubrick, ni mucho menos. Aquí hay más sangre, más vísceras, más sexo explícito (¡visca!) y más lenguaje soez que en la viejuna de Kirk Douglas.
Sí, amiguitos, Spartacus es un espectáculo de luz y color.
Pero...
¿Habéis visto Espartaco, entonces?
¿Y 300?
¿Y, digamos, La Guerra de las Galaxias Episodio I?
Mezcladlo todo y tendréis este subproducto: Spartacus.
Podéis verlo con personas con afecciones del corazón, mujeres embarazadas y con niños menores de 13 años. Seguro que se ríen mucho. Yo no me reí.
Es una serie intelectualmente pobre: los diálogos están redactados por un niño de primaria; ninguna frase es memorable.
“El gladiador, cada vez que entra en la arena, introduce la polla en la boca de la bestia y ora para acabar con ella antes de que cierre su mandíbula”.
O...
“Todo se reduce a un par de tetas y a un coño prieto”.
Ridículo.
Sí, la serie va de gladiadores, con toda la violencia extrema que ello implica, pero eso no es óbice para olvidarse de que un guión bueno, interesante, elaborado, inteligente... engancha al público. Porque, digámoslo ya: aunque es gracioso ver como un tracio degolla cara a los senadores a un desgraciado cualquiera, repetir la escena tres, cuatro, cinco veces, no tiene sentido. La violencia que somos capaces de asumir gozosamente, riéndonos, asombrándonos, es limitada. Y Spartacus ya ha cubierto ese cupo en sus dos primeros capítulos.
Ocurre igual con el sexo. No me importa que las mujeres sean auténticas obras de arte (pinchad aquí: Erin Cummings. Os lo imploro): a mi me cansa ver cinco polvos, una mamada y unos dedos en dos capítulos. Sí, lo he contado.
Así que, si queréis distraeros y alimentar vuestra mente enferma, esta es vuestra serie. Si por el contrario buscáis algo digno o que os enriquezca, apagad la TV y venid a buscarme.
PD: ¡No hay ni una sola mención a bragas en el post, ojo!
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Veréis la serie sólo por esto. |