Si se pudiera salvar algo de la ola de destrucción generalizada a la que sometería a Argentina, eso serían sus películas. Sobretodo
El Sueño de Valentín.
El filme lo dieron el otro día por la televisión, en un canal autonómico. Sin anuncios que pudieran interrumpir una historia tan dramáticamente bella. Porque E
l sueño de Valentín es, sobre todo, la historia agónica de un
niño típicamente argentino: es decir, la de un crío de ocho años que piensa como un adulto y sufre como tal; que emplea palabras robadas de novelas de García Márquez o Vargas Llosa; que sabe cuando le mienten sus mayores y que se enamora platónicamente de la preciosa rubia de acento porteño que sale con su padre.
Y diréis, seguro (sí, lo diréis): 'Valentín, niñato, mereces ser sodomizado por pedante y argentino'. Y yo, pragmático, os diría 'Sí, tenéis razón, pero antes dejadle hacer unas cuantas películas más'.
Porque Rodrigo Noya, el actorcito que encarna a Valentín, es sublime. A pesar de que es objetivamente un niño feo, el cine está hecho para él, porque él no habla con sus rasgos judíos, sino con su tristeza, su impotencia, sus ilusiones rotas y su
camioncito de latón, que arrastra solitario por las vacías calles de su barrio en Buenos Aires.
La película está ambientada en 1969, y Valentín, como todos los niños de su edad en aquella época de carreras espaciales, aspira a ser astronauta. Los escenarios, la banda sonora, las expresiones faciales -todo menos el diálogo, genial- apuntan a que el sueño de pisar la Luna no es sino la respuesta a un
vacío existencial en su aquí y ahora, fruto de la suma de una madre que lo abandonó con tres años y un padre canalla que apenas recala en el desvencijado hogar familiar. Porque confeccionarse un traje espacial de papel de aluminio es una forma de huir de un presente que le margina y le anega la infancia con lágrimas enrabietadas.
Si no ha habéis visto aún, corred a buscarla a vuestro videoclub o bajadla de internet. Porque cada uno de sus 86 minutos es una obra maestra. Especialmente en los que aparece
Julieta Cardinali, musa de cualquier hombre de pro, a la que habrá que perdonar ser argentina.
Próxima crítica: "
Lope"