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lunes, 10 de enero de 2011

El hombre tranquilo (John Ford)


Después de mucho insistirme, el comentarista que firma como JEP ha conseguido su propósito: he visto El hombre tranquilo y me dispongo a comentarla.

Óscar al mejor director, John Ford, en 1953. También Óscar a la mejor fotografía en color. Y no sé cuantas nominaciones convertidas en frustración. 129 minutos. Actores y actrices ya muertos. Blablabla...

Al grano: la película pretende ser graciosa. Eso la convierte en patética a los ojos del espectador moderno. Puede que en los 50 las bromas que tienen como escenario el bucólico pueblo de Innisfree fueran ocurrentes, humorísticas, descacharrantes, como diría Juan Manuel de Prada. Pero ya no y, os lo imploro, apoltronados másters del cine, El hombre tranquilo debe retirarse del género 'Comedia'. ¡Bienvenidos al siglo XXI!

Ejemplo: ¿Ves eso de ahí? Es la casa ancestral de los antiguos Flynns. Nos la quitaron...los druidas.

Graciosísimo, ¿no? Es un humor muy fino, ¿no? Tócate los huevos.

Como ya debéis intuir (¿a que no lo intuís?) lo mejor de El hombre tranquilo son las frases que, sin quererlo ni beberlo, vamos recibiendo como ladrillazos en plena cara. Para que sepáis de qué hablo, copiaré esos pequeños tentempiés de sal gorda y vinagre para que podáis saborearlos en vuestras virginales bocas.

    • Hay cosas que un hombre no supera fácilmente.
    • ¿Como qué, por ejemplo?
    • Como la mirada de una mujer atravesando los campos, con el sol en su pelo.

Lo pongo en verso, ya veréis que guay:

Como la mirada de una
                                      mujer
atravesando
                    los
                         campos,
con el sol en su pelo.


También hay poesía espartana, aunque igual de cutre y salchichera, eso por descontado.


  • ¿Qué os dan de comer a los hombres de Pittsburgh?
  • Acero, y hornos de fundición tan calientes que un hombre olvida su miedo al infierno.

Hornos de fundición tan calientes que un hombre olvida su miedo al infierno. Me encantaría esta hipérbole si no fuera porque lo dices sobre un coche de tiro que traquetea en un camino rural, rodeado de prados verdes, infinitos, con el sol anaranjado poniéndose sobre el campanario de una iglesia de piedra y con el arrullo del riachuelo a dos metros de ti. Mamón.

Mmmm... a ver, a ver... ah, sí, una bonita comparación, y una profecía.

Eran días malos. Sean tenía la cara tan oscura como el caballo de caza que montaba. Sólo era una cuestión de tiempo que uno u otro se rompieran el cuello.

  1. No aporta nada decir que el caballo es de caza. En la película no hay ni una escena de caza.
  2. La cara no se tiene más o menos oscura por razón del estado de ánimo. ¿Porqué hablas del careto de Sean como reflejo del alma y no de su estado de ánimo tal cual? Y hay que consultar el diccionario un poquito más: sombrío, triste, apagado, afligido, apesadumbrado, fúnebre, son ejemplos que sirven.
  3. La comparación, huelga decirlo, es pueril.
  4. Al final ni el caballo ni Sean se rompen el cuello. ¿Y qué hay de mis expectativas, maldito Ford?

Aunque, amiguitos, no todo es basura simplona en El hombre tranquilo. Como todo, también tiene sus puntillos. ¿Quién dijo que no nacen rosas en los vertederos?

Caso 1: Oh, sí, conozco a tu familia, Sean. Tu abuelo murió en Australia ahorcado en un penal. Y tu padre también era un buen hombre.
Caso 2: (Tapaos los oídos sociatas) Tenga este palo para pegar a su encantadora esposa.

Y deja de contar.

Guinda: un duendecillo, un viejo calvo y borracho que acompaña como un perrito a Sean, no deja de repetir la palabra homérico. Personalmente, celebro haber descubierto esta expresión. Y quizás esto sea lo único que debemos agradecer a un guionista tan nefasto como Frank S. Nugent, que gracias a Yaveh y a un arrebato de buen criterio de la Academia de Cine, no se llevó la estatuilla al mejor guión. Uf.


No hay mejor compañía para una buena juerga