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lunes, 5 de septiembre de 2011

Sin límites (Neil Burguer)


Estamos en septiembre -supongo que os habéis dado cuenta-, ese mes tan duro en el que vosotros trabajáis mientras yo escribo mis posts. Esto es lo único bueno de ser judío: entras por cuota y encima te dan becarias nuevas. La nueva hornada parece mejor más joven que la anterior.

Lo que espero es que no sean más listas. Dicen los eruditos que sólo empleamos el 20% de nuestro cerebro, y esto me hace pensar en dos cosas:

1.- Yo uso el 3%, y aún así os doy mil vueltas a todos, vulgo.
2.- Hoy me apetece hablar de Sin límites, de Neil Burguer (sí, el director de El ilusionista. Temblad).

Y es que la película trata de eso, de cómo un tipo normal rompe la barrera del 20% y emplea el 100% de su capacidad cerebral, como Leire Pajín.

Sin límites, sin ser una película ambiciosa, consigue engancharte. El argumento permite una fácil y rápida identificación, sino con el personaje -un puto loser, un ESCRITOR, digámoslo ya- al menos con esa sensación que todos tenemos de que estamos desaprovechados. Por la sociedad y por nosotros mismos. El listo de Burguer explota esa frustración endémica a todo ser humano con un título y sin un sueldo que supere los 3.000 euros mensuales.

El prota, Bradley Cooper, se toma una pastillita -sí, droga- y al momento es el tipo más inteligente del mundo. ¿Cómo explota esa superioridad? Primeramente, escribiendo un libro; después, aprendiendo italiano y japonés, dos idiomas inútiles si en tus planes no está el violar adolescentes españolas en Formentera o geishas. Por último, Bradley se mete en Bolsa.

Absurdo.

Parece que emplear el 100% del cerebro no implica dejar de ser humano, con todas las memeces que ello implica.

Aunque me convencen las interpretaciones -sobre todo la del mafioso ruso-, no me convence el guión. Demasiado sencillo, típico, a ras de suelo. Los deseos del protagonista no dejan de ser los de un resabido e ingenuo estudiante de primero de Filosofía: escribir, hablar idiomas... ¡y ganar pasta con ello!

La próxima vez que me quieras vender una cara conocida, Burguer, que no sea para una película con un argumento de mierda. Gracias.



       Lo mejor de ser inteligente es que puedes tocar teta. O intentarlo.

martes, 8 de marzo de 2011

The deer hunter (Michael Cimino)


Cuando oigo ruleta rusa no pienso en Las Vegas sino en El cazador. Y eso ya me hace mejor que vosotros.

El cazador es una película de Michael Cimino a la que le llovieron los Óscars sin darse cuenta: estaba nominada a 4 y se llevó 5. No doy ninguna importancia a los premios, pero sé cuándo un buen trabajo merece un reconocimiento.

The deer hunter (me gusta más el título en inglés, pegadme por esnob) trata de la superación de una vivencia traumática. Aquí los protagonistas Robert de Niro y Christopher Walken, Michael y Nick, respectivamente, marcharon a luchar en la Guerra de Vietnam y se volvieron medio majaras. Ninguno lo superó, y la película se convierte en una oda a la desesperación, a la tristeza, al dejarlo todo y pegarte un tiro en la sien con un revólver.

Digo que ni Michael ni Nick lo superan y, si lo pensáis bien (también podéis no pensar y simplemente seguir leyendo, ya os mastico yo todo), es verdad.

Nick nunca sale de Vietnam, y se dedica a apostar su vida jugando a la ruleta rusa, tal y como hacía mientras era prisionero del Vietcong en medio de una selva tropical del sudeste asiático. El caballo desbocado de la locura toma las riendas de su vida y no deja descansar a la atormentada mente de Nick. Walken sencillamente alarga el período de cautividad y se remata anímicamente a sí mismo, convirtiéndose en un despojo.

Hasta ahí, lo obvio.

Michael, por su parte, vuelve a su ciudad y retoma su vida. Es un gañán y se lía con la prometida de Nick, postrado ante su inmundicia en Saigón y completamente ajeno a esta puñalada de su amigo. Todo apunta a que Michael avanza poco a poco hacia la gris normalidad que es la vida de la mayoría de personas. Pero no.

¿Cómo que no? os preguntaréis.

Pues que no, coño. Oídme todos.

Michael quiere salvar a Nick, sacarlo del agujero en el que está viviendo, devolverlo a la civilización. ¿Recordáis como pretende conseguir eso? Sí, amiguitos, ahora lo véis, ¿no? ¡Juega a la ruleta rusa con su amigo! Algo parecido resultaría una simple contradicción en cualquier otra persona; pero no así en alguien que ha sido obligado a apuntarse a la cabeza, no. Michael -su cerebro aún afectado por el horror de lo sufrido- ve normal, necesario, entrar en la dinámica que rige la existencia de Nick. Vuelve para salvarle y se condena a sí mismo. ¡Es genial!

Nadie es capaz de escapar de las garras de una situación traumática; tarde o temprano aquello vuelve a por tí y te caza, te devora por dentro, y termina contigo.

Y aunque el mensaje de la película no es positivo (hola, frailecillos), la interpretación es sublime, y sentir la tensión de los momentos previos a apretar el gatillo ya es motivo suficiente para ver El cazador.



                              Olvídate de Las Vegas.