Debería alabar Lope porque el medio en el que trabajo la financió, pero no pienso hacerlo. Gracias a un pase, tuve la suerte de ver la película gratis. De lo contrario no me hubiera perdonado pagar 7'5 euros por eso. Un becario no está para gastos absurdos.
Aunque entiendo a Andrucha Waddington: veo su amargada alma y me da un poquito de pena. Jajajaja. Pobre. Debe ser frustrante dirigir a la sombra de un compatriota como Fernando Meirelles, que tan bien ha retratado el 90% del país, esas claustrofóbicas favelas de Lego donde si robas un pollo te pegan un tiro en el ombligo
(el resto de Brasil es como cualquier playa tailandesa al atardecer o un harén árabe: con niñas de 12 años paseando sus tersos traseros
Hmmmmm.
Jajajaja).
Por eso digo que entiendo a Andrucha, porque su país ya ha sido perfectamente plasmado en Cidade de Deus, y el desgraciado director ha tenido que cruzar el charco para poder contar una historia. Aunque esa historia nos importe una puta mierda.
Porque ¿quién quiere saber cómo era Lope antes de convertirse en el genial escritor que fue?
Aaron: ¡Andrucha, mamón, ahora todos los filólogos españoles quieren matarte! Terminarás como San Casiano de Imola, atravesado por los estilos de unos malditos empollones. Te han declarado profanador de El Siglo de Oro, y van a por ti. ¿Comprendes lo que está pasando? ¡Retira ahora mismo la película de la candidatura al Óscar!
En realidad, este brasileño merece un destierro de 8 años (como Lope, jo) de cualquier academia de cine. Ha retratado la vida pre-destierro del madrileño universal porque es como la de cualquier otro poetastro de la época, y eso le daba más espacio para sus licencias typical spanish, amén de para potenciar el pechamen de Leonor Watling y el mercenarismo sexual de Pilar López de Ayala, que aquí eso vende y venderá. Somos así de cafres.
Pero a mi este garimpeiro de tres al cuarto no me convence: no me ha descubierto nada aparte de cómo derrochar 13 millones de euros y mantener en el candelero a petardas como las dos ya mentadas.
Y, venga, ¡admitámoslo ya!
Estamos hartos de ver a ciudadanos del Siglo de Oro con dientes (spot) Profident, vistiendo prendas sin una maldita arruga, y encima sabiendo leer. ¡Y un huevo! Yo quiero en la pantalla a los genuinos europeos de antaño: personajes sucios, con los dientes podridos de no limpiárselos, con desgarrones en la camisa y las botas con mierda hasta arriba. Y, obvia decirlo, muy lejos de una pluma o un libro.
Próxima crítica: Gran Torino y Million dolar baby.
Y la siguiente: El hombre tranquilo, un clásico, al fin.