¿Qué se puede decir de un filme basado en un libro de Jane Austen? Pues que como ella, es aburrido, infantil, sensiblero, soso, cansino, cargante, simplón, patético. Stop. Podéis continuar vosotros.
Anoche, reconcomido por la vergüenza de no haber visto in action a Don Vito mucho antes, ejecuté contra mi persona una tortura que pocos hombres de pro aguantarían: 135 minutos de Sentido y sensibilidad. ¡Más de dos horas! Al final tuve que devolver a las autoridades mi carnet VIP de macho alpha. Puedo decir que creo sinceramente haber purgado mis pecados. De sobra.
Sentido y sensibilidad es el clásico ejemplo de cómo un mal guión deja en ridículo a buenas actrices y/o actores (¿te has fijado en mi sensibilidad con la causa feminista, Bibiana Aído?).
Emma Thompson, una actriz madura, curtida en proyectos de gran calibre (mmmm) como Mucho ruido y pocas nueces o En el nombre del padre, sabe dar a sus personajes la seriedad que merecen, el toque de humor adecuado, no es estridente ni artificial. Es una profesional de los pies a la cabeza. Su problema: un mal agente. Le han engañado para que se prestase a participar en este eterno bostezo de Ang Lee, el de los cowboys invertidos (una de cal y una de arena, Bibi) y el Óscar de consuelo.
El otro pilar de la película es Kate Winslet, que desde que nos deslumbró, porque lo hizo, en Titanic, podemos considerar que ha resarcido el papel de niña tontorrona y con episodios maníacos, sus paseos bajo la lluvia en medio de la verdísima campiña inglesa, y sus ridículos vestidos confeccionados con delantales del IKEA... imágenes que nos asaltan a cada instante durante la película y cuando intentamos dormir.
Alan Rickman, Hugh Grant, Hugh Laurie. Tres tristes tigres comen trigo en un triste trigal. Secundarísimos papeles que no pueden explotar porque Jane Austen o Ang Lee han decidido apostar firmemente por la discriminación positiva en favor del pubis frente al glande. Así estamos, amigos. Y así salen las cosas: un pastelón eterno que desde el minuto 2 esperas termine pronto.
Seré aún más claro: no la veais, no la alquileis, no la recomendeis.
Regaládsela a vuestros enemigos.
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Mi amor, recogeré margartias afuera mientras ensartas a mi hermana. |
