Cuando oigo ruleta rusa no pienso en Las Vegas sino en El cazador. Y eso ya me hace mejor que vosotros.
El cazador es una película de Michael Cimino a la que le llovieron los Óscars sin darse cuenta: estaba nominada a 4 y se llevó 5. No doy ninguna importancia a los premios, pero sé cuándo un buen trabajo merece un reconocimiento.
The deer hunter (me gusta más el título en inglés, pegadme por esnob) trata de la superación de una vivencia traumática. Aquí los protagonistas Robert de Niro y Christopher Walken, Michael y Nick, respectivamente, marcharon a luchar en la Guerra de Vietnam y se volvieron medio majaras. Ninguno lo superó, y la película se convierte en una oda a la desesperación, a la tristeza, al dejarlo todo y pegarte un tiro en la sien con un revólver.
Digo que ni Michael ni Nick lo superan y, si lo pensáis bien (también podéis no pensar y simplemente seguir leyendo, ya os mastico yo todo), es verdad.
Nick nunca sale de Vietnam, y se dedica a apostar su vida jugando a la ruleta rusa, tal y como hacía mientras era prisionero del Vietcong en medio de una selva tropical del sudeste asiático. El caballo desbocado de la locura toma las riendas de su vida y no deja descansar a la atormentada mente de Nick. Walken sencillamente alarga el período de cautividad y se remata anímicamente a sí mismo, convirtiéndose en un despojo.
Hasta ahí, lo obvio.
Michael, por su parte, vuelve a su ciudad y retoma su vida. Es un gañán y se lía con la prometida de Nick, postrado ante su inmundicia en Saigón y completamente ajeno a esta puñalada de su amigo. Todo apunta a que Michael avanza poco a poco hacia la gris normalidad que es la vida de la mayoría de personas. Pero no.
─ ¿Cómo que no? ─os preguntaréis.
─ Pues que no, coño. Oídme todos.
Michael quiere salvar a Nick, sacarlo del agujero en el que está viviendo, devolverlo a la civilización. ¿Recordáis como pretende conseguir eso? Sí, amiguitos, ahora lo véis, ¿no? ¡Juega a la ruleta rusa con su amigo! Algo parecido resultaría una simple contradicción en cualquier otra persona; pero no así en alguien que ha sido obligado a apuntarse a la cabeza, no. Michael -su cerebro aún afectado por el horror de lo sufrido- ve normal, necesario, entrar en la dinámica que rige la existencia de Nick. Vuelve para salvarle y se condena a sí mismo. ¡Es genial!
Nadie es capaz de escapar de las garras de una situación traumática; tarde o temprano aquello vuelve a por tí y te caza, te devora por dentro, y termina contigo.
Y aunque el mensaje de la película no es positivo (hola, frailecillos), la interpretación es sublime, y sentir la tensión de los momentos previos a apretar el gatillo ya es motivo suficiente para ver El cazador.
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Olvídate de Las Vegas. |







