Aarón, amiguitos, no siempre lleva la razón. Cuando elige a la becaria tailandesa, de cara aniñada y esbeltas piernas, en vez de a la quincuagenaria veterana y con arrugas, Aarón NO se equivoca. Sus errores son más del tipo 'No debería ver esta película, pero la veré', o a la inversa. Y, a veces, hay sorpresas, alegrías, como encontrarse unas braguitas colgando del pomo de la puerta de tu habitación.
Eso mismo me ocurrió con Celda 211. Sí, es española. Otrosí, eso debería haberme bastado para no verla. Pero haciendo gala de un brutal aperturismo mental (y una inconsciencia rayana en lo mongoloide), pulsé trémulamente el play.
El protagonista, Alberto Ammann, es un tipo al que en la cárcel, donde entra como funcionario y (spoil) sale como cadáver, le apodan Calzones, alias que podría reproducirse en la mayoría de mis amigos (¡Hola a todos, bragas!).
Calzones se hace colega de Malamadre, oséase, Luis Tosar con más cejas que nunca y una paranoia esquizoide que le empuja a amenazar con partir el alma a todo aquel que se le enfrenta. Tosar, así, agresivo, me gusta, como en Te doy mis ojos. De esto saco en limpio que: todos los malos deberían tener cejas espesas y estar medio calvos: sería más fácil odiarles.
La escenografía de Celda 211 es sencilla, la cámara no sale de la cárcel más que durante unos minutos de flashback. Sin embargo, esta sencillez pasa la prueba y el espectador no necesita más localizaciones que lo puedan distraer de la trama: el motín con Calzones en medio. La sobriedad compensa a nivel artístico y económico: 3,5 millones de euros invertidos, y casi 13 de recaudación.
Lo mejor de la película es que empieza fuerte y mantiene esa fuerza hasta el final, controlando los tempos. No sé qué coño significa tempos, pero suena muy cool. Los actores, empezando por Ammann y terminando en el enano de coeficiente mental 48, convencen por su implicación. Tanto, que casi creo que los actores secundarios, los presos que en toda toma salen de fondo, son presos de verdad. Sino, con esas caras grotescas, feas, lo sentiría por ellos. El mundo más allá de los barrotes también es cruel, a su manera.







